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lunes

El sol del fin del mundo

No hay mucho que hacer en el Cabo Norte, más allá de contemplar el horizonte o admirarse con las praderas aledañas, donde, ajenos a todo, pastan los renos. También hay un pequeño e interesante museo que desentraña la historia del lugar, dedicado sobre todo a un príncipe tailandés de espíritu aventurero que se empeñó en visitar el lugar a principios del siglo pasado. Nos paseamos por el alegre tumulto del complejo comercial del fin del mundo, entre viajeros de caravana, ciclistas y moteros. Cuando empezaba a bajar el sol, montamos las tiendas en el acantilado de al lado, junto a los renos. Allí, cuando nos disponíamos a cenar, conocimos a Thor Bjorn, un motero que nos invitó a un reconfortante café. La fatigaba pesaba, pero teníamos una última misión para terminar el día: debíamos ver el sol de medianoche allí arriba, donde la tierra se termina.
Mientras esperábamos, a eso de las once y media, ocurríó un fenómeno inesperado. A las caras que ya conocíamos después de verlas deambular varias horas por el lugar, se unieron las de un grupo de turistas escandalosos que llegaron en varios autobuses. Había algún grupo de españoles, siempre reconocibles por el vocerío, ante los que me hice el noruego para que no terminaran de estropear el momento.

Pudimos hacernos un hueco y allí, por fin entendimos a la perfección el fenómeno del sol de medianoche, contemplamos cómo la hipnótica esfera rojiza descendía hasta posarse justo encima de la línea del horizonte para después, minuto a minuto, ir subiendo otra vez, para comenzar un nuevo día sin haber terminado el anterior. El espectáculo era grandioso, el cielo estaba casi impoluto y la luz del sol sobre el mar nos transmitía un entusiasmo parsimonioso. Otra vez se había esfumado el cansancio ante el espectáculo de la Naturaleza, y pasamos más de dos horas, entre foto y foto, contemplando el recorrido elíptico del sol hasta que el racionalismo alemán de Eiko terminó por imponerse y nos fuimos a dormir.

domingo

Final en plenitud

Tras despedir a Martin, la carretera continuó torturándonos con su continuo sube y baja, pero sus esfuerzos por hacernos sufrir eran vanos: con la meta tan cerca las piernas no sabían nada del dolor. Tampoco nos desmoralizaban las trampas del camino: yo creía ver el Cabo detrás de tal o cual colina o al borde de aquel acantilado, pero nunca llegaba. Eiko, fiel a sí mismo, permanecía impasible, con su habitual marcheta mientras yo continuaba mi rutina de esprints y esperas. Finalmente, lo vi en lontananza, no era un espejismo, y esperé a Eiko por última vez. Allí a un kilómetro o dos de distancia, estaba el fin del mundo. En la última subida antes de llegar al cartel de la meta no pude evitar despegarme de él, las piernas me iban solas, sentía que estaba flotando y me invadio una extraña y agradable sensación de plenitud, sentí que aquello días de frío y lluvias por el sur del país, aquellos miedos anteriores a la partida, los dolores en las piernas y -sí, también- en el bolsillo habían valido la pena, había llegado pedaleando al fin del mundo. La experiencia habría sido inolvidable de todos modos, pero supongo que sentí algo parecido a lo que siente un alpinista al coronoar un ochomil, o lo que yo mismo había sentido al pedalear hasta la cima del Aubisque un año antes.
Aquel 29 de julio, el mismo día en que Alberto Contador paseaba su primer maillot amarillo por los Campos Elíseos, Eiko y yo ganamos nuestro particular Tour. Después de las fotos y los abrazos de rigor, dimos unas pedaladas más hasta el complejo turístico montado allí (entrada gratis sólo para los ciclistas), donde se erige el monumento del globo terráqueo sobre el acantilado del fin del mundo. (Atentos al escudo de la camiseta en la foto de debajo).


Antes de visitar el interesante museo, antes de aquel delicioso waffle servido por la simpática Emma, nos quedamos unos minutos asomados al infinito, hipnotizados por el horizonte y fantaseando con que sólo 2.000 kilómetros más allá se extendía el Polo Norte. "Maybe some day".

lunes

Un círculo que se cierra

El domingo 29 de julio de 2007, Eiko y yo íbamos a llegar al Cabo Norte, del que nos separaban apenas 25 kilómetros. Cielo impoluto y unos 20 grados, todo era perfecto. Pese a la corta distancia, la carretera no iba a darnos el premio de forma gratuita y nos obsequió con una dura subida de cinco kilómetros, con algunos tramos al 7%.

Paramos a descansar unos minutos arriba y entonces le vimos. Bueno, Eiko le vio, yo no lo creía, pero esa silueta que pedaleaba hacia nosotros ya se había convertido en inconfundible. Los gritos ininteligibles desde la lejanía nos lo confirmaron. ¡Era Martin! Un Martin más hiperactivo que nunca, un Martin feliz y atolondrado porque había contemplado un magnífico sol de medianoche con una finlandesa de infarto y una sueca; Martin, que después de sus salvajadas de casi 200 kilómetros hasta más allá de la medianoche tuvo que parar en Alta, tres etapas antes, para descansar y sólo llegó al Cabo un día antes que nosotros; Martin, que estaba pendiente de nuestra llegada y no se sorprendió al vernos porque unos "espías" -que resultaron ser los insulsos Astérix y Obélix- le avisaron.
Hasta Eiko olvidó sus pequeñas rencillas latentes y explotó de alegría por el inesperado reencuentro. Era necesario, en un viaje que parecía diseñado por guionistas de Hollywood no podía desaparecer un personaje tan importante de la manera en que lo hizo cinco días atrás, casi sin despedirse después de subir aquella montaña, tenía que volver, tener su pequeño homenaje cuando ya tocábamos el objetivo con la punta de los dedos. No fue largo. Nos hicimos fotos, nos contamos las historias de los días que llevamos sin vernos y nos despedimos. Martin, con su rotundidad habitual, le dio cierta trascendencia al momento con una frase que me negaba a creer del todo (siempre me niego a creer esas cosas): "Es la última vez que nos vemos".
Quién sabe.


domingo

Entrada en Mageroya

El Cabo Norte está considerado como el punto más septentrional de la Europa continental. Es falso. Lo es porque el Cabo Norte está en la isla de Mageroya, de modo que no pertenece a la Europa continental. Y ni siquiera es el punto más al norte de esa isla, la punta de Knivskjellodden está situada más al norte. De modo que el verdadero fin del mundo continental es en realidad el Cabo Nordkinn, también en Noruega. Pero la exactitud geográfica importa poco desde que el explorador británico Richard Chancellor descubriera el lugar en 1553, en su búsqueda del paso del noroeste, que conecta los Océanos Atlántico y Pacífico durante algunas semanas del año (ahora durante más tiempo). Él bautizó el lugar como Cabo Norte y le dio así ese carácter místico que lo ido convirtiendo en lugar de peregrinaje de muchos viajeros.
El día que entramos en Mageroya, me recuperé increíblemente bien del calvario de la víspera. El clima ayudaba, unos veinte grados bajo un cielo azul y un sol generoso. El viento afilado del día anterior se había convertido en una brisa agradable.

Tan bien iba, tan excitado con la idea de entrar en la isla de Mageroya, que Eiko me tuvo que pedir varias veces que aflojara el ritmo. Para llegar a la isla, se atraviesa un túnel de casi siete kilómetros que baja 212 metros por debajo del suelo para sortear el mar, la mitad para abajo al 9% y la otra mitad hacia arriba. Era el punto clave del día, esos siete kilómetros en la penumbra. Eiko llevaba todo tipo de elementos reflectantes y yo sólo las luces de mi bici, recordé que el insolente Martin me reprochó que no tuviera chaleco reflectante aquel día en que me llamó "underequipped cyclist".
Claro que había otras opciones como la de parar a una autocaravana y pedirle que nos llevara a través del túnel, eso era lo que iban a hacer dos alemanes que nos encontramos ese día, pequeño y flaco el uno, grande y barrigón el otro, Eiko y yo les bautizamos como Astérix y Obélix, aunque en alemán Astérix y Obélix tienen otros nombres que no recuerdo. Nosotros queríamos cruzarlo en bici, no era tan complicado ni tan peligroso así que después de colocar los reflectantes y abrigarnos bien, nos adentramos, Eiko detrás por ser el más visible.
En otras circunstancias podría haber disfrutado de esa bajada en recta durante tres kilómetros con una pendiente tan pronunciada y una bici que se embalaba por el peso, pero sólo recuerdo el miedo a ser embestido por algún coche y el aire frío que se metía por todo el cuerpo. La subida fue peor, aunque la lentitud da una engañosa sensación de tenerlo todo bajo control. Eiko, más vulnerable cuesta arriba, me pidió que paráramos varias veces para descansar. Íbamos tan despacio (6 por hora) que a veces me costaba mantener el equilibrio en la bici, pero no podía separarme de Eiko, siendo dos nos verían mucho mejor.

Todo se compensó con creces cuando por fin se hizo la luz y salimos del túnel y vimos que habíamos llegado a la isla, aunque no al Cabo Norte, para eso nos quedaban todavía unos cuantos kilómetros. La primera sorpresa agradable fue que los ciclistas estábamos exentos del peaje por cruzar el túnel. El sol seguía brillando con fuerza, pero la lluvia, tan presente en los primeros días del viaje, no quiso perderse nuestra entrada en la isla y nos obsequió con unas simbólicas gotas, un refrescante premio que quise ver como un reconocimiento a la resistencia de aquellos primeros días por el sur. Hasta el arco iris se asomó para darnos la bienvenida, para felicitarnos por estar tan cerca del fin del mundo, para que todo fuera perfecto en este viaje cuyo círculo estaba a punto de cerrarse.

Aquella noche dormimos en el camping de Honingsvag, el pueblo más grande de la isla, a apenas 30 kilómetros de nuestro destino. Me dio algo de rabia pararme en el camping teniendo la meta tan cerca, pero pesó más el buen juicio de Eiko, que abogó por una cena tranquila y reconfortante (cómo no, con Aksel e Irene, que, siempre más madrugadores, ya estaban en el camping cuando llegamos) y una noche de descanso para paladear sin prisa los últimos kilómetros al día siguiente.

jueves

Sin gasolina

Esta era la vista a las dos de la mañana, cuando por fin nos acostamos el día después de pasar por aquel paisaje lunar. La cosa no mejoró mucho. Fue un día duro por los confines de la Tierra, quizá el más duro, o eso me parecía entonces, lejanos como estaban ya los primeros pedaleos bajo la lluvia y con tanta incertidumbre. Soplaba con terquedad un viento frío ladeado y en contra que me desmoralizó al cabo de unos kilómetros. Después de aprovisionarnos bien en el último supermercado en 80 kilómetros, la carretera serpenteaba por la costa en un constante sube y baja, ya no había pueblos, alguna caseta de venta de souvenirs, alguna fuente para cargar los botellines. Pero nada más. El cansancio hacía mella, más física que psíquica. Los renos que íbamos encontrando por el camino eran de las pocas distracciones, las paradas para la foto me daban un respiro. Los 40 últimos kilómetros fueron un calvario en que anduve pegado a la rueda de Eiko, retorciéndome en las subidas. Cuando llegamos al precario cámping estaba lleno, pero nos dejaron acampar en el párking de caravanas, en un suelo pedregoso en el que sudé para plantar la tienda. Había otra tienda al lado y como no podía ser menos estaban nuestros amigos Aksel e Irene, con los que cenamos unos inolvidables macarrones y nos quedamos charlando hasta las dos de la mañana, cuando ya amanecía sin haber anochecido y cuando el cansancio era tal que la única esperanza era que quedaban menos de 100 kilómetros para llegar a la meta.


Verdensend


A medida que nos acercábamos al norte, Eiko repetía de vez en cuando una palabra en noruego, como si pronunciarla le hiciera tocar con los dedos una realidad que no terminaba de creerse. “Verdensend”, decía con fascinación, “estamos llegando a lo que los noruegos llaman verdensend”. Verdensend quiere decir literalmente fin del mundo, fin de la tierra, finisterre. A mí también terminó por parecerme mágica esa palabra y nunca como el día en que fuimos de Alta a Skaidi tomé tanta conciencia de a qué se refería Eiko.
Retrasamos la salida aún más de lo habitual, no arrancamos hasta las tres de la tarde. La lluvia amenazaba, pero no llegó a caer. Después de una primera parte algo dura, entramos de lleno en el verdensend, un paisaje estepario que unido al fuerte viento y al día nublado nos hacían pensar que realmente estábamos en el fin del mundo. El viento nos hizo transitar por esos parajes desolados a una velocidad vertiginosa, casi a 30 por hora de media en los 50 últimos kilómetros, que picaban para abajo y nos llevaban de vuelta a la civilización, o lo que iba quedando de ella, paisajes semidesérticos salpicados por casas de veraneo y pueblos que sorprenden en el camino, como oasis en el desierto.

viernes

Aksel e Irene

Nunca llegamos a viajar juntos, o apenas unos kilómetros de alguna etapa, pero en los últimos cinco días del viaje, desde que dejamos a Martin, todas las noches coincidíamos con Aksel e Irene. Recorríamos los mismos trayectos y, por casualidad, o más bien por lo reducido de la oferta, dormíamos en los mismos cámpings. Lo hicimos en Alta, la última ciudad digna de tal nombre que visitamos en esa recta final, donde Eiko y yo nos zampamos un sabroso filete de ballena. Son una pareja noruega , ella, unos 45 años, muy melosa y simpática, siempre con una sonrisa, muy maternal en sus ademanes aunque a veces me llegaba a empalagar. No lo recuerdo ahora, pero creo que era maestra, o en su defecto enfermera. Él es un chunorris noruego. Granjero, enjuto, rústico pero no rudo,de pocas palabras, parece algo más joven. Deja que ella lleve la voz cantante y se ocupa encendiendo un fuego, preparando la comida, montando la tienda... Si no hace nada, escucha y, de vez en cuando suelta un comentario, sin torcer el gesto. A veces esboza una sonrisa que aparece forzada en su rostro casi siempre inmóvil, sus facciones no están acostumbradas. Habla poco, pero cuando lo hace es por algún asunto que le interesa, como el salmón o los renos, cosas así, y sabe lo que dice. Cuando le hablo de los salmones casi extinguidos en el Bidasoa por la sobrepesca, se interesa mucho por el caso, dice que tiene que haber algo más, que si el agua está bien el salmón acaba volviendo. Los últimos días incluso se lanzaba con alguna broma cuando nos veía. Me cae bien. Con ellos compartimos las últimas cenas de nuestro periplo, al calor de un fuego la mayoría de las veces.
Irene habla del viaje que hicieron por España en bici, dos meses de sur a norte, de las extrañas costumbres de ese fascinante país donde los domingos es imposible encontrar un comercio abierto (pasaron por pueblos pequeños), el mundo se para entre las dos y las cuatro y en los bares todo el mundo arroja la basura al suelo. No lo dijo tal cual, pero piensa que somos unos guarros. Reconozco que al principio me resultaban algo pesados, no él, sino Irene, empalagosa de puro simpática, prefería el rock duro de Martin antes que las tonadillas románticas de Irene. Pero eso es cosa mía y al final les cogí cariño, eran muy buena gente, sanos en todos los sentidos, y me dio pena que aquella vez que les vimos en el Cabo Norte, cuando Aksel se mostró más dicharachero que nunca, confiamos demasiado en el destino y nos despedimos sin darnos cuenta de que era la última vez que nos encontrábamos.

lunes

Nuevos compañeros


Nuestra lenta marcha por los cada vez más desérticos caminos del norte transucrría en paz y con buen humor, aunque sin el punto de picante que le ponía Martin. No le volvimos a ver el día que se fue con sus prisas y sus normas, esas mismas normas que seguramente le espolearan en los momentos bajos. Un matrimonio noruego que nos encontramos varias veces nos habló de él, se lo habían encontrado, iba a seguir hasta Alta, es decir que iba a hacer en un día lo que nosotros en dos. Puro Martin. Perdidos Martin e Iñaki, asentado Eiko como sustituto del segundo, el paisaje noruego nos sorprendió con otra compañía: la de los renos. Hasta el momento sólo los habíamos visto en esas señales de carretera tan famosas y nuestros encuentros animales se habían reducido al alce que vimos cruzar la carretera y cuya huella fotografiamos. Los renos no son así de huidizos, están acostumbrados al hombre y, aunque campan a sus anchas, muchos no son enteramente salvajes, los samis los controlan. La primera señal de su presencia aquella mañana en que los descubrimos fue el atasco que se había formado. En esos lugares un atasco se debe a un desastre natural como inundaciones o un desprenimiento o -no lo sabíamos- a que a los renos les apetece pasearse por la carretera. Son gente cabezona estos renos. No se apartan porque venga un coche y les pite. Nada. Cuando les apetece saltan el guardarraíl y vuelven al pasto. Al principio asustan un poco, porque la cornamenta siempre impone, pero pronto se descubre que son inofensivos. No huyen ante la presencia del hombre pero no se dejan tocar, mantienen las distancias, convivimos pero tú en tu sitio y yo en el mío. Ver a los renos hace ilusión, te confirma que lo que dice el mapa es verdad, por lo que aquella mañana estábamos bastante excitados. A partir de ese día, fueron una constante, una parte más del paisaje que, a diferencia de Martin, sí que nos acompañó hasta el Cabo Norte.

martes

La vieja hospitalidad del norte

Los cowboys que vagaban por los desiertos americanos, que dormían bajo las estrellas con la única compañía de su caballo y de las serpientes cascabel, agradecían de vez en cuando recurrir a la vieja hospitalidad del oeste y pasar la noche entre sábanas limpias después de llenarse el estómago con un buen asado. Yo no soy un vaquero, pero me acordé de ellos en varios momentos del viaje, y también del cómic de Lucky Luke en que lo aprendí hace ya muchos años. Por ejemplo, cuando Sophie me trajo el té con galletas nada más terminar mi etapa en las Lofoten. O cuando el dueño de la casa en la que paré por la lluvia camino de Alvik me sorprendió con un glorioso desayuno que no estaba incluido en el precio. Y también cuando me zampé mis buenos trozos de tarta con la familia de la foto. Estaban en un alto bastante duro, 5 kilómetros y, como ocurría siempre en los altos, yo llegué unos minutos antes. Ellos estaban merendando junto a su autocaravana y se debieron de quedar de una pieza al ver aparecer a ese marciano sofocado y empapado de sudor que llevaba su casa en una bici. Tan sorprendidos que se pusieron a aplaudir. Eran finlandeses, del norte, y apenas hablaban inglés. Pero no había problema. Inmediatamente, uno de los hombres llamó a Axel (junto a Eiko en la foto), su nieto de 12 años que andaba correteando por el monte. Gracias a Axel supe que eran dos entrañables parejas de abuelos que viajaban cada una con su nieto. Mientras me lo contaban, llegó Eiko, perplejo al contemplar la escena. Huelga decir que también se unió y que repetimos pastel gustosos y que incluso una de las abuelas destapó el tarro de las esencias y sacó de la caravana un zumo de bayas hecho por ella. Mientras comíamos, Axel corrió a buscar la cámara de vídeo para filmarnos: “Si no mi madre no me creerá cuando vuelva y se lo cuente”.

lunes

Los samis

Son algo así como el equivalente a los indios de América o los aborígenes australianos y, en su lengua, se denominan samis, aunque son más conocidos como lapones. Esta última palabra no les gusta, quizá porque en sueco lapp significa ropa de mendigo y se utiliza también para llamar a alguien inculto o tonto. Durante mucho tiempo, los samis sufrieron el desprecio de quienes se creían superiores a ellos y los intentos de que se asimilaran a la cultura occidental. Sin embargo, un movimiento iniciado a principios del siglo XX abogó por la preservación de esa cultura y desembocó en la creación, en 1989, de un Parlamento sami. Desde 1990, Noruega reconoce sus derechos y se compromete a poner los medios para la conservación de su cultura.
Los samis llevan 11.000 años recorriendo Laponia, la región más septentrional de la península escandinava. Para ellos no valen las fronteras que otros inventaron por ellos, se mueven indistintamente por Rusia, Finlandia, Suecia y Noruega. Todavía hay un 10% de nómadas que se dedican a la ganadería del reno y con el reno se mueven: en la costa en verano y por el interior en invierno. Pero la mayoría se dedican a vivir de enseñar lo que fueron, como esos indígenas del Amazonas que esconden los pantalones vaqueros y la cocacola y se suben a los árboles cuando viene un turista.
Desde que entramos en Laponia nos fuimos encontrando samis que vendían souvenirs junto a la carretera. Cuidan todos los detalles: tiendas de campaña montadas al estilo original, casetas de madera y, cómo no, el traje tradicional. El reno es el leitnotiv de todos los souvenirs que venden: gorros y abrigos de reno, llaveros de cuerno de reno, navajas con mango de hueso de reno...

En uno de esos puestos conocemos a Karem, una señora sami que chapurrea cuatro palabras de inglés. Además de enseñarnos a decir gracias en sami, kiitu, nos confiesa, los sospechábamos, que lo del traje es sólo para los turistas ylas ocasiones especiales.

jueves

Good bye, Martin

Ya decíamos ayer que Eiko y Martin no casaban bien. Así que al día siguiente del primer sol de medianoche, salimos los tres juntos, pero no duró demasiado. Al principio, Martin se quedó atrás, incapaz de seguir nuestro ritmo con su enorme vagón de 40 kilos detrás. "Go, go, I can't go that fast, I always go at 17km/h". Martin, siempre con sus costumbres fijas, inamovible. Sin embargo, nos lo íbamos encontrando porque Eiko y yo somos amigos de parar con frecuencia, para hacer fotos o para ir a la búsqueda del alce que vimos cruzar la carretera. El bicho corrió monte arriba y, por mucho que intentamos seguirle, sólo pudimos rescatar una huella. Fue el único alce que vimos en todo el viaje.
Martin nos alcanzó tras una de esas paradas y comenzamos juntos la subida del monte más grande que nos encontramos en Noruega, unos 7 kilómetros para arriba, no demasiado duros, pero largos con todo el peso de las alforjas. Un Jaizkibel a la noruega, como bien recordó Martin, conocedor de nuestros montes. Para arriba, el loco inglés es una fiera y nos fuimos los dos por delante mientras Eiko mantenía su habitual tran tran en las cuestas. Martin iba contándome sus andanzas por los Pirineos, subiendo el Tourmalet con todo ese peso, mientras yo, que llevaba la mitad de equipaje que él, me conformaba con seguir su ritmo. A Eiko tuvimos que esperarle media hora en la cumbre, pero no importaba, las vistas merecían la parada entre las resistentes manchas de nieve que jalonaban la hierba desnuda.


Cuando llegó Eiko continuamos con el descanso, haciendo fotos y trepando por las rocas. Eiko propuso tomar una cerveza en unos puesto de al lado, pero el hiperactivo Martin, que no se puede permitir tanto tiempo de descanso, se fue, quizá era la última vez que le veíamos. Volvíamos a ser dos en la carretera en pleno territorio de los lapones.

domingo

Momentos


El mapa decía que había un camping en algún lugar de la carretera en Olderdalen y confiamos en él. Recorrimos la carretera arriba y abajo sin éxito. Al final, un lugareño nos contó que ese camping había cerrado hacía por lo menos diez años. Seguimos el camino y cuando vimos un claro, plantamos las tiendas, cenamos, prendimos una fogata y brindamos con un licor alemán mientras veíamos cómo el sol se ocultaba detrás de las montañas. Supongo que eso es la felicidad.

"Finalement, ce qui constitue l'ossature de l'existence, ce n'est ni la famille, ni la carrière, ni ce que d'autres diront ou penseront de vous, mais quelques instants de cette nature, soulevés par une lévitation plus sereine encore que celle de l'amour, et que la vie nous distribue avec la parcimonie à la mesure de notre faible coeur".

Nicolas Bouvier, L'usage du monde



sábado

Como en casa

¿Verdad que no parecen noruegos? Eso mismo pensé yo al verles y al oírles en la lejanía mientras sacaba fotos con Eiko en la cubierta del ferri en el camino de las Lofoten a Tromso. Y al acercarme comprobé que los cinco jóvenes alegres que chapoteaban en el jacuzzi, a pesar del frío (¿12 grados?) comprobé que no lo eran, eran españoles, un grupo de vascos que después de un duro año de erasmus en el norte de Finlandia se regalaron ese homenaje.
No sólo eran vascos, mitad vizcaínos y mitad guipuzcoanos sino que una de ellas, la que está a la derecha en la foto, es de Rentería y es muy amiga de Ángel, un amigo de mi hermana (el rompecabezas no es tan complicado). Es un tópico, pero el mundo es un pañuelo.
Me dieron mucha envidia. La peor decisión que tomé en el viaje fue dejar el bañador en la bodega del ferri con la bici y no poder meterme en esa agua burbujeante a 37 grados y olvidarme del frío y la fina lluvia que empezaba a caer. Claro, que yo disfruté tranquilamente con Eiko de la reconfortante Trollfjord soup, el obsequio del barco por pasar por el fiordo en cuestión, mientras que ellos tuvieron que hacer acrobacias para ganarse el pan (en este caso la sopa).

domingo

Adiós Lofoten






Con Eiko me fui en el barco y les dije hasta pronto a las Lofoten. Aquí dejo algunas de las fotos del camino por el Caribe del Ártico.

sábado

Dos hombres y un destino

No sé qué hacía parado con su bici cargada hasta los topes, junto al cartel de Å, no muy lejos de donde debió perderse Iñaki. Tampoco sé por qué después del breve saludo de cortesía al pasar, me di la vuelta y me fui a hablar con él. Fueron unos minutos de conversación banal, de dónde vienes, adónde vas... En ese breve diálogo le da tiempo a contarme que es su decimoséptimo viaje a Noruega, una vez fue a Túnez y no le gustó así que desde entonces no arriesga. Va al mismo sitio que yo, al Cabo, y a Stamsund ese día, pero ninguno propone hacer el camino juntos así que sigo a lo mío, pensando en llegar pronto al albergue de Stamsund, antes de que la lluvia irrumpa. Una hora después de llegar, me lo vuelvo a encontrar ya en la habitación y la casualidad quiere que seamos vecinos de litera. Ese día lo paso casi todo con Sophie, pero observo con curiosidad a ese tipo de calva reluciente que no para de hacer fotos y que se ofrece a comprar huevos para todos en el desayuno. Está en su primer día de vacaciones y se le nota en su buen humor contagioso.
Al día siguiente, antes de salir hacia Svolvaer, me da la clave para escapar de las Lofoten y adelantar camino, coger el ferri a Tromso. Él me dice que va a hacer lo mismo, pero una vez más nos esquivamos y seguimos cada uno por nuestro lado. En Svolvaer, la capital de las Lofoten, llueve sin parar y tengo que esperar unas horas hasta coger el ferri. Por casualidad me vuelvo a encontrar con Sophie en la oficina de turismo, ella va hacia Suecia pero también tiene que coger un barco así que esperamos juntos. Al cabo de unas horas, se va a dar una vuelta y aparece con un nuevo hallazgo: Eiko. Decididamente, estamos condenados a estar juntos. Vamos a coger el mismo barco, un viaje que durará toda la noche. Es entonces cuando rompemos definitivamente el hielo tomando una cerveza en cubierta. Eiko, con su acentuada propensión a hacer el ganso, lo ilustra echando un chorro en la cubierta: "For a new friendship". Después, comemos la Trollfjord soup, un obsequio del barco por pasar por un fiordo y dormimos de forma clandestina tirados en la biblioteca. Era el inicio de un largo viaje juntos, hasta el fin del mundo. No reparé en ello hasta varios días después, pero viendo esa calva monda y lironda, esos ojos sonrientes y ese buen humor permanente, me di cuenta de la evidencia. En el mismo sitio en el que merodeé en busca de Iñaki me encontré con Eiko, sólo unas horas después. La conclusión es clara. El parecido es innegable.


jueves

"Underequipped cyclist"


No sé por qué pero me pareció que tenía cara de español. Estaba preparándose para cruzar uno de los túneles que unen las distintas islas Lofoten y empezamos a hablar. Se llama Martin y es inglés. Y también va al Cabo Norte. Cuando le digo que compartimos destino echa una ojeada a mis birriosas alforjas y dispara con su brutal sinceridad: "You want to go to Nordkap like this??? You are a very underequipped cyclist".

Eso me llegó al alma, y aunque intenté convencerle de que llevaba todo lo necesario, sabía que en el fondo tenía razón. Es normal que piense que estoy infrapreparado al ver que él arrastra un vagón de 40 kilos con todo tipo de equipamientos para cualquier contingencia. Le podría haber respondido que es un tipo overequiped, pero tampoco me apetecía discutir así que seguimos unos kilómetros juntos como si nada. Es entonces cuando me cuenta que viene dando pedales desde Chequia, de donde es originaria su familia. Un año antes cruzó los Pirineos en bici y se acuerda de Jaizkibel y de la noche que pasó en un camping de Fuenterrabía. Es un tío bastante extravagante, que ametralla con un discurso algo desordenado del que siempre se desprende una seguridad pasmosa, como si sólo lo que él hace fuera lo correcto.

Su viaje es un ejemplo de austeridad, sólo para en campings una vez por semana, el resto hace acampada libre, él solo, disfrutando de la libertad de la bici. En cuanto a la alimentación, no es ningún ejemplo de nada: cuando me lo encuentro lleva un cargamento de plátanos, unos 3 kilos, porque estaban de oferta en el super. Sólo come eso hasta que se acaben.También sorprende su despliegue físico porque arrastra los 40 kilos de su vagón durante una media de 150 kilómetros diarios, hasta la medianoche para aprovechar que el sol nunca se pone. Me deja probar su vehículo unos segundos y compruebo que yo llevo un peso pluma, apenas puedo mover esa mole. Nos despedimosporque yo me paro en Stamsund y él piensa seguir hasta Svolvaer, mi siguiente etapa. Me insiste para que le acompañe, para que sigamos juntos hasta el Cabo Norte, y me tienta, porque su compañía es agradable a a la par que estrambótica, pero Sophie ya me ha reservado cama en Stamsund y me siento obligado a ir. Cada uno siguió su camino, aunque nos volveríamos a ver. Pero eso entonces no lo sabíamos.

miércoles

¿Por qué esperar?



En las Lofoten perdí a Iñaki pero encontré a varios de los mayores protagonistas del viaje. La primera es Sophie. A Sophie, una parisina que todavía no había cumplido 18 años, la conocí fugazmente en el albergue de Bergen, donde apenas cruzamos una palabra. Sin embargo, nos hace ilusión reencontrarnos a tantos kilómetros de distancia, en Å, por pura casualidad. Así que paso algunos ratos con ella, intentando aprender de su manera a la vez inocente y desencantada de ver el mundo. Ha viajado sola a Noruega, con un par, simplemente porque es su sueño desde hace cinco años (un mundo para ella) y le parece que ya ha esperado demasiado. Me refresca escuchar sus historias de niña que se cree grande, de su "hermana", su mejor amiga de siempre, con la que ya no se lleva tan bien porque la gente cambia. Combina esa inocencia con la madurez que le da haber tenido a su madre en coma hace dos años y no ver a su padre desde hace diez. La madurez de una chica alocada y valiente que ya se ha independizado y ha trabajado en una cantera simplemente porque le apetecía. Me desconcierta, a veces parece que tiene 25 años y otras veces se comporta como la niña que sigue siendo. Se guía por impulsos, a golpe de sueño por cumplir, como el anterior que ya hizo realidad, el de recorrer Irlanda a caballo.

Al día siguiente, cuando llego al encantador albergue de Stamsund después de volver a la bici, me recibe (ella fue en autobús) con un espontáneo té con galletas que me termina de ganar. Esa noche nos fuimos a recoger arándanos (ver foto) por el monte mientras me seguía hablando con inocente desencanto de su vida en París, como si llevara años instalada en el mundo adulto, y de los sueños que piensa seguir cumpliendo sin esperar un segundo de más, sin pararse a pensar si debería o no hacerlo. Con libertad absoluta.

domingo

La independencia de Iñaki


Ya sé que tú querías más libertad, y que no te solté la rienda. Que no te gustaba viajar en un estuche, asomándote sólo para la foto, siempre a oscuras y teniendo que poner buena cara. Había notado que tu sonrisa se había difuminado desde los tiempos en que nos conocimos, los buenos tiempos de Chequia, donde te encontramos con unos titiriteros; de Polonia, donde te lo pasaste en grande haciéndote fotos aquí y allá, de Irlanda, adonde viniste después de tu reclusión en una estantería de mi habitación. Estás hecho para la aventura, para el viaje constante, para que tus ojos despierten cada día en un sitio nuevo y no para dormitar en una habitación de la que sólo te movías para meterte en una mochila y salir de vez en cuando a ver lo que yo quisiera que vieras.
Pero podías haberte despedido, podías haber hecho las cosas de otra manera, al fin y al cabo nunca me te quejaste, aunque yo debí intuir que algo no iba bien. Y no era tu primer intento desde que salimos de Oslo, pero siempre estuve atento para retenerte, para cogerte antes de que te tirarás en una carretera cuesta abajo en busca de no se sabe qué. Y reconocerás que yo te di la oportunidad de volar cuando subimos andando al monte Tind, al lado de A. La cámara de fotos en ristre y tú, lo único que llevaba. Pero la decisión ya estaba tomada y de nada me valió buscarte por toda la falda del monte cuando descubrí que ya no estabas en el bolsillo donde te dejé. En el fondo no me extraña que hayas elegido las Lofoten, es difícil encontrar un lugar con más encanto, parece que lo han puesto ahí para la foto y también a mí me hubiera apetecido quedarme más tiempo. Pero a ver qué haces en noviembre, diciembre, enero, cuando el sol sólo esté en tu imaginación y la temperatura media sea de cero grados y la noche no termine nunca. Pero no pensaste en eso, sólo querías libertad, sin pensar en las consecuencias. Así que sólo me quedan los recuerdos y desearte suerte, compañero, infiel, pero compañero al fin.

Arriba está la última foto con Iñaki. Me la hizo Maki en el barco que nos llevaba a las Lofoten y ya se nos ve algo forzados, con sonrisas de circunstancias. La de aquí abajo está tomada en lo alto del monte Tind, en Å, la última vez que lo vi. En algún momento del descenso del monte desapareció y se quedó en las Lofoten para siempre. O quizá no.

sábado

Dos días en Å





Sólo iba a estar una tarde para marcharme a la mañana siguiente, pero cómo no iba a quedarme más tiempo en este pequeño pueblo del Caribe del Ártico. Allí volví a disfrutar del placer de recorrerme una isla sin el peso de las alforjas, recordé el sabor de la ballena seca que ya había probado en Bergen, aluciné con las hileras interminables de bacalaos colgados, disfruté con el sol de medianoche y el de la una y las dos de la mañana tomando cervezas con un alemán y un americano que me encontré en el albergue, disfruté con los panecillos de canela que horneaban las panaderas polacas para el desayuno, conocí a Mike, el golfista del Ártico, mi compañero de habitación que velaba armas para su asalto a la isla de Svalbard, más allá del fin del mundo, la tierra a la que hay que ir con escopeta por si atacan los osos polares, me fui de excursión montañera a lo largo de un bracito de mar y me di el primer y único baño ártico y subí al monte Tind desde donde pude ver todo el pueblo e incluso los límites de mi pequeña isla. ¿Cómo iba a irme tan pronto de allí?