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sábado

Como en casa

¿Verdad que no parecen noruegos? Eso mismo pensé yo al verles y al oírles en la lejanía mientras sacaba fotos con Eiko en la cubierta del ferri en el camino de las Lofoten a Tromso. Y al acercarme comprobé que los cinco jóvenes alegres que chapoteaban en el jacuzzi, a pesar del frío (¿12 grados?) comprobé que no lo eran, eran españoles, un grupo de vascos que después de un duro año de erasmus en el norte de Finlandia se regalaron ese homenaje.
No sólo eran vascos, mitad vizcaínos y mitad guipuzcoanos sino que una de ellas, la que está a la derecha en la foto, es de Rentería y es muy amiga de Ángel, un amigo de mi hermana (el rompecabezas no es tan complicado). Es un tópico, pero el mundo es un pañuelo.
Me dieron mucha envidia. La peor decisión que tomé en el viaje fue dejar el bañador en la bodega del ferri con la bici y no poder meterme en esa agua burbujeante a 37 grados y olvidarme del frío y la fina lluvia que empezaba a caer. Claro, que yo disfruté tranquilamente con Eiko de la reconfortante Trollfjord soup, el obsequio del barco por pasar por el fiordo en cuestión, mientras que ellos tuvieron que hacer acrobacias para ganarse el pan (en este caso la sopa).

Dos hombres y un destino

No sé qué hacía parado con su bici cargada hasta los topes, junto al cartel de Å, no muy lejos de donde debió perderse Iñaki. Tampoco sé por qué después del breve saludo de cortesía al pasar, me di la vuelta y me fui a hablar con él. Fueron unos minutos de conversación banal, de dónde vienes, adónde vas... En ese breve diálogo le da tiempo a contarme que es su decimoséptimo viaje a Noruega, una vez fue a Túnez y no le gustó así que desde entonces no arriesga. Va al mismo sitio que yo, al Cabo, y a Stamsund ese día, pero ninguno propone hacer el camino juntos así que sigo a lo mío, pensando en llegar pronto al albergue de Stamsund, antes de que la lluvia irrumpa. Una hora después de llegar, me lo vuelvo a encontrar ya en la habitación y la casualidad quiere que seamos vecinos de litera. Ese día lo paso casi todo con Sophie, pero observo con curiosidad a ese tipo de calva reluciente que no para de hacer fotos y que se ofrece a comprar huevos para todos en el desayuno. Está en su primer día de vacaciones y se le nota en su buen humor contagioso.
Al día siguiente, antes de salir hacia Svolvaer, me da la clave para escapar de las Lofoten y adelantar camino, coger el ferri a Tromso. Él me dice que va a hacer lo mismo, pero una vez más nos esquivamos y seguimos cada uno por nuestro lado. En Svolvaer, la capital de las Lofoten, llueve sin parar y tengo que esperar unas horas hasta coger el ferri. Por casualidad me vuelvo a encontrar con Sophie en la oficina de turismo, ella va hacia Suecia pero también tiene que coger un barco así que esperamos juntos. Al cabo de unas horas, se va a dar una vuelta y aparece con un nuevo hallazgo: Eiko. Decididamente, estamos condenados a estar juntos. Vamos a coger el mismo barco, un viaje que durará toda la noche. Es entonces cuando rompemos definitivamente el hielo tomando una cerveza en cubierta. Eiko, con su acentuada propensión a hacer el ganso, lo ilustra echando un chorro en la cubierta: "For a new friendship". Después, comemos la Trollfjord soup, un obsequio del barco por pasar por un fiordo y dormimos de forma clandestina tirados en la biblioteca. Era el inicio de un largo viaje juntos, hasta el fin del mundo. No reparé en ello hasta varios días después, pero viendo esa calva monda y lironda, esos ojos sonrientes y ese buen humor permanente, me di cuenta de la evidencia. En el mismo sitio en el que merodeé en busca de Iñaki me encontré con Eiko, sólo unas horas después. La conclusión es clara. El parecido es innegable.


martes

La soledad

No soy una persona a la que estar sola le suponga un gran problema, es más, necesito unas dosis de soledad mínimas al día para airearme, para encontrar algo de paz y salir de ese ruido constante, de esa fatiga mental que provoca la compañía permanente, incluso las compañías más gratificantes. Sin embargo, en Trondheim, cuando ya llevaba más de diez días en Noruega, empecé a sentir el peso de esa soledad y, por primera vez en el viaje, me sentí cansado. No era el cansancio agradable que produce el pedaleo, incluso bajo la lluvia y el frío, era un cansancio mental, quizá provocado por las 36 horas de barco de las que acababa de salir o de la lluvia (once again) que me dio la bienvenida al pisar tierra en Trondheim, la vieja capital, la ciudad de los reyes donde el clero también tenía su cuartel general con una catedral imperiosa. Y es bonito pasearse por sus calles y por sus canales que hacen de ella, dicen, la Venecia del norte (una más), pero todo eso pasaba ante mí sin llegar a interesarme demasiado, como si todo lo que captaban mis ojos rebotara contra mi conciencia cansada; me daba igual y pronto me harté de la visita turística, incluso cuando el sol se dignó a aparecer. Llegué a Trondheim a primera hora de la mañana y no saldría de allí hasta las once de la noche, cuando un tren me llevaría a Bödo, último refugio del ferrocarril en Noruega. Sin embargo, a las siete de la tarde ya estaba allí, en la estación, esperando, y allí conocí a Maki, una japonesa que estaba sola como yo y que cogía el mismo tren. Pero de ella hablaré mañana. Ahora dejo unas fotos de Trondheim, que a pesar de que yo no tenía el día, es una ciudad que vale la pena.





La primera es de la catedral, la segunda una vista desde la torre de la catedral en la que, al fonfo, se vislumbra la salida del ferri. La tercera es la foto de los canales que le valen a Trondheim el apelativo de 'Venecia del norte'.

sábado

Geiranger





El viaje en el Hurtigruten continúa sin más sobresaltos. En lugar de ir directo al destino, el barco se mete en el fiordo Geiranger, el que sale en todos los catálogos turísticos de Noruega. Vale la pena el desvío de casi seis horas, las palabras sobran ante el espectáculo.

No hay más que ver la cara de Iñaki.

miércoles

Puertos para lelos


La vida en un barco puede resultar demasiado apacible. El Hurtigruten, el ferri en el que pasé 36 horas en mi camino de Bergen a Trondheim, las dos ciudades más importantes de Noruega después de Oslo, es un expreso que recorre la costa noruega desde Bergen hasta Karasjok, en la frontera con Rusia. Nunca se aleja demasiado del litoral para no privar a los pasajeros de las espléndidas vistas y se permite incluso algún desvío para mostrar la inagotable belleza natural de este país. Tras las primeras horas de emoción nocturna en la cubierta del barco, con un sol que remolonea hasta casi la medianoche antes de irse a dormir, el viaje tiene sus momentos aburridos. Por eso hacía falta que le diera la emoción necesaria.

El pueblecito que se ve en la foto es Alesund, una agradable localidad pesquera en la que el Hurtigruten para después de mi primera noche a bordo durante casi una hora para recoger a nuevos pasajeros. Es un tiempo suficiente para salir a darse un garbeo así que no lo dudo. Me paseo por las calles de la ciudad, sin rumbo fijo y, para mi sorpresa, me encuentro con el puerto y el barco al fondo. Algo no me cuadra pero pienso que quizá volví al punto de partida sin darme cuenta. No hago caso a las señales de alarma de mi cerebro. Con la tranquilidad de tener el barco localizado apuro el tiempo hasta el máximo hasta acercarme al puerto. Es entonces cuando me doy cuenta de que algo no va nada bien. No reconozco ninguno de los lugares por los que paso y el barco cada vez se parece menos al mío. Pregunto a una señora por el Hurtigruten y confirma mis peores sospechas. Mira el reloj alarmada, me dice que sale en cinco minutos y que el puerto está al otro lado de la ciudad. Titubea durante un segundo y con esa amabilidad firme y resuelta que tienen algunas mujeres de cierta edad me invita a montar en su coche. Está más nerviosa que yo y surca las calles de Alesund a toda pastilla, respetando lo justo las normas de tráfico, como si mi urgencia le hubiera robado su tranquila naturaleza nórdica. Durante el trayecto me entero de que es guía turística y que va a llegar tarde a su trabajo por llevarme al barco. Llego a tiempo y después de un rápido pero sincero agradecimiento subo corriendo al barco, que sale apenas cinco minutos después de mi entrada. Otra vez salvado por la amabilidad noruega.