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lunes

El sol del fin del mundo

No hay mucho que hacer en el Cabo Norte, más allá de contemplar el horizonte o admirarse con las praderas aledañas, donde, ajenos a todo, pastan los renos. También hay un pequeño e interesante museo que desentraña la historia del lugar, dedicado sobre todo a un príncipe tailandés de espíritu aventurero que se empeñó en visitar el lugar a principios del siglo pasado. Nos paseamos por el alegre tumulto del complejo comercial del fin del mundo, entre viajeros de caravana, ciclistas y moteros. Cuando empezaba a bajar el sol, montamos las tiendas en el acantilado de al lado, junto a los renos. Allí, cuando nos disponíamos a cenar, conocimos a Thor Bjorn, un motero que nos invitó a un reconfortante café. La fatigaba pesaba, pero teníamos una última misión para terminar el día: debíamos ver el sol de medianoche allí arriba, donde la tierra se termina.
Mientras esperábamos, a eso de las once y media, ocurríó un fenómeno inesperado. A las caras que ya conocíamos después de verlas deambular varias horas por el lugar, se unieron las de un grupo de turistas escandalosos que llegaron en varios autobuses. Había algún grupo de españoles, siempre reconocibles por el vocerío, ante los que me hice el noruego para que no terminaran de estropear el momento.

Pudimos hacernos un hueco y allí, por fin entendimos a la perfección el fenómeno del sol de medianoche, contemplamos cómo la hipnótica esfera rojiza descendía hasta posarse justo encima de la línea del horizonte para después, minuto a minuto, ir subiendo otra vez, para comenzar un nuevo día sin haber terminado el anterior. El espectáculo era grandioso, el cielo estaba casi impoluto y la luz del sol sobre el mar nos transmitía un entusiasmo parsimonioso. Otra vez se había esfumado el cansancio ante el espectáculo de la Naturaleza, y pasamos más de dos horas, entre foto y foto, contemplando el recorrido elíptico del sol hasta que el racionalismo alemán de Eiko terminó por imponerse y nos fuimos a dormir.