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miércoles

¿Por qué esperar?



En las Lofoten perdí a Iñaki pero encontré a varios de los mayores protagonistas del viaje. La primera es Sophie. A Sophie, una parisina que todavía no había cumplido 18 años, la conocí fugazmente en el albergue de Bergen, donde apenas cruzamos una palabra. Sin embargo, nos hace ilusión reencontrarnos a tantos kilómetros de distancia, en Å, por pura casualidad. Así que paso algunos ratos con ella, intentando aprender de su manera a la vez inocente y desencantada de ver el mundo. Ha viajado sola a Noruega, con un par, simplemente porque es su sueño desde hace cinco años (un mundo para ella) y le parece que ya ha esperado demasiado. Me refresca escuchar sus historias de niña que se cree grande, de su "hermana", su mejor amiga de siempre, con la que ya no se lleva tan bien porque la gente cambia. Combina esa inocencia con la madurez que le da haber tenido a su madre en coma hace dos años y no ver a su padre desde hace diez. La madurez de una chica alocada y valiente que ya se ha independizado y ha trabajado en una cantera simplemente porque le apetecía. Me desconcierta, a veces parece que tiene 25 años y otras veces se comporta como la niña que sigue siendo. Se guía por impulsos, a golpe de sueño por cumplir, como el anterior que ya hizo realidad, el de recorrer Irlanda a caballo.

Al día siguiente, cuando llego al encantador albergue de Stamsund después de volver a la bici, me recibe (ella fue en autobús) con un espontáneo té con galletas que me termina de ganar. Esa noche nos fuimos a recoger arándanos (ver foto) por el monte mientras me seguía hablando con inocente desencanto de su vida en París, como si llevara años instalada en el mundo adulto, y de los sueños que piensa seguir cumpliendo sin esperar un segundo de más, sin pararse a pensar si debería o no hacerlo. Con libertad absoluta.

domingo

La independencia de Iñaki


Ya sé que tú querías más libertad, y que no te solté la rienda. Que no te gustaba viajar en un estuche, asomándote sólo para la foto, siempre a oscuras y teniendo que poner buena cara. Había notado que tu sonrisa se había difuminado desde los tiempos en que nos conocimos, los buenos tiempos de Chequia, donde te encontramos con unos titiriteros; de Polonia, donde te lo pasaste en grande haciéndote fotos aquí y allá, de Irlanda, adonde viniste después de tu reclusión en una estantería de mi habitación. Estás hecho para la aventura, para el viaje constante, para que tus ojos despierten cada día en un sitio nuevo y no para dormitar en una habitación de la que sólo te movías para meterte en una mochila y salir de vez en cuando a ver lo que yo quisiera que vieras.
Pero podías haberte despedido, podías haber hecho las cosas de otra manera, al fin y al cabo nunca me te quejaste, aunque yo debí intuir que algo no iba bien. Y no era tu primer intento desde que salimos de Oslo, pero siempre estuve atento para retenerte, para cogerte antes de que te tirarás en una carretera cuesta abajo en busca de no se sabe qué. Y reconocerás que yo te di la oportunidad de volar cuando subimos andando al monte Tind, al lado de A. La cámara de fotos en ristre y tú, lo único que llevaba. Pero la decisión ya estaba tomada y de nada me valió buscarte por toda la falda del monte cuando descubrí que ya no estabas en el bolsillo donde te dejé. En el fondo no me extraña que hayas elegido las Lofoten, es difícil encontrar un lugar con más encanto, parece que lo han puesto ahí para la foto y también a mí me hubiera apetecido quedarme más tiempo. Pero a ver qué haces en noviembre, diciembre, enero, cuando el sol sólo esté en tu imaginación y la temperatura media sea de cero grados y la noche no termine nunca. Pero no pensaste en eso, sólo querías libertad, sin pensar en las consecuencias. Así que sólo me quedan los recuerdos y desearte suerte, compañero, infiel, pero compañero al fin.

Arriba está la última foto con Iñaki. Me la hizo Maki en el barco que nos llevaba a las Lofoten y ya se nos ve algo forzados, con sonrisas de circunstancias. La de aquí abajo está tomada en lo alto del monte Tind, en Å, la última vez que lo vi. En algún momento del descenso del monte desapareció y se quedó en las Lofoten para siempre. O quizá no.

sábado

Dos días en Å





Sólo iba a estar una tarde para marcharme a la mañana siguiente, pero cómo no iba a quedarme más tiempo en este pequeño pueblo del Caribe del Ártico. Allí volví a disfrutar del placer de recorrerme una isla sin el peso de las alforjas, recordé el sabor de la ballena seca que ya había probado en Bergen, aluciné con las hileras interminables de bacalaos colgados, disfruté con el sol de medianoche y el de la una y las dos de la mañana tomando cervezas con un alemán y un americano que me encontré en el albergue, disfruté con los panecillos de canela que horneaban las panaderas polacas para el desayuno, conocí a Mike, el golfista del Ártico, mi compañero de habitación que velaba armas para su asalto a la isla de Svalbard, más allá del fin del mundo, la tierra a la que hay que ir con escopeta por si atacan los osos polares, me fui de excursión montañera a lo largo de un bracito de mar y me di el primer y único baño ártico y subí al monte Tind desde donde pude ver todo el pueblo e incluso los límites de mi pequeña isla. ¿Cómo iba a irme tan pronto de allí?


viernes

Rumbo a Lofoten




La que se tapa la cara con las manos es Maki, una simpática japonesa que también va de Trondheim a las Lofoten y que me hace compañía en la espera del tren y al día siguiente en el barco. Estudia en Helsinki y aprovecha las vacaciones para visitar otras partes de Europa. Como muchas japonesas, viaja sola. En el tren nos tocó en asientos separados y creo que ella dormía cuando pasamos la frontera imaginaria del círculo polar ártico y por la ventana se adivinaba el primer sol de medianoche. Todavía no es un sol de medianoche con todas las letras, así que no puedo darle una tercera respuesta positiva a Alex Lee, pero promete.
A la mañana siguiente, el tren nos deja en Bodo y después de un rápido trasbordo al barco (otra vez el barco), ya vamos rumbo a las islas Lofoten, punto obligatorio de parada según todas las recomendaciones. El viaje es corto (¿dos? ¿tres horas?) y agradable, por fin luce el sol y pronto comenzamos a vislumbrar esos picos increíbles que brotan del mar, esas tierras de pescadores a las que los marineros vascos acostumbraban a ir en busca de bacalao. Ya estamos en el gran norte.
A la llegada al puerto de Moskenes me despido de Maki, que tiene reservado un albergue en Svolvaer, la ciudad más grande de las islas, y me dirijo en mi recuperada bici al primer o último pueblo de las Lofoten, según se mire. El nombre es un ejemplo de concisión: Å. Y en Å me quedé dos días disfrutando del sol y la naturaleza, y perdí para siempre a mi mejor compañero de viajes pero encontré a otro con el que fui hasta el fin del mundo.

Aquí dejo un aperitivo de la entrada en las Lofoten.