domingo

Momentos


El mapa decía que había un camping en algún lugar de la carretera en Olderdalen y confiamos en él. Recorrimos la carretera arriba y abajo sin éxito. Al final, un lugareño nos contó que ese camping había cerrado hacía por lo menos diez años. Seguimos el camino y cuando vimos un claro, plantamos las tiendas, cenamos, prendimos una fogata y brindamos con un licor alemán mientras veíamos cómo el sol se ocultaba detrás de las montañas. Supongo que eso es la felicidad.

"Finalement, ce qui constitue l'ossature de l'existence, ce n'est ni la famille, ni la carrière, ni ce que d'autres diront ou penseront de vous, mais quelques instants de cette nature, soulevés par une lévitation plus sereine encore que celle de l'amour, et que la vie nous distribue avec la parcimonie à la mesure de notre faible coeur".

Nicolas Bouvier, L'usage du monde



On the road again

Da gusto volver a la carretera después de la interrupción del barco y la parada obligada en Tromso, la ciudad más grande del gran norte. A pesar del viaje en barco y de la memorable noche de juerga en Tromso, Eiko y yo nos resistimos a pedalear juntos. Era nuestra intención hacerlo, pero dormí más de la cuenta y Eiko se fue una hora antes que yo. A ello hay que sumar mi habitual dificultad para salir de las ciudades. Por suerte, él paró a ver un museo y le alcancé. No lo sabíamos porque Eiko tenía otros planes, pero ya no nos separamos más hasta el Cabo Norte. En esta primera etapa, que nos llevaba al pequeño pueblo de Olderdalen, nos reencontramos con la lluvia en las primeras horas del día y disfrutamos de uno de algunos de los paisajes más impresionantes del viaje por la tarde. Valió la pena el pedaleo de 80 kilómetros después de un descanso nocturno de apenas dos horas.






sábado

Como en casa

¿Verdad que no parecen noruegos? Eso mismo pensé yo al verles y al oírles en la lejanía mientras sacaba fotos con Eiko en la cubierta del ferri en el camino de las Lofoten a Tromso. Y al acercarme comprobé que los cinco jóvenes alegres que chapoteaban en el jacuzzi, a pesar del frío (¿12 grados?) comprobé que no lo eran, eran españoles, un grupo de vascos que después de un duro año de erasmus en el norte de Finlandia se regalaron ese homenaje.
No sólo eran vascos, mitad vizcaínos y mitad guipuzcoanos sino que una de ellas, la que está a la derecha en la foto, es de Rentería y es muy amiga de Ángel, un amigo de mi hermana (el rompecabezas no es tan complicado). Es un tópico, pero el mundo es un pañuelo.
Me dieron mucha envidia. La peor decisión que tomé en el viaje fue dejar el bañador en la bodega del ferri con la bici y no poder meterme en esa agua burbujeante a 37 grados y olvidarme del frío y la fina lluvia que empezaba a caer. Claro, que yo disfruté tranquilamente con Eiko de la reconfortante Trollfjord soup, el obsequio del barco por pasar por el fiordo en cuestión, mientras que ellos tuvieron que hacer acrobacias para ganarse el pan (en este caso la sopa).

domingo

Adiós Lofoten






Con Eiko me fui en el barco y les dije hasta pronto a las Lofoten. Aquí dejo algunas de las fotos del camino por el Caribe del Ártico.

sábado

Dos hombres y un destino

No sé qué hacía parado con su bici cargada hasta los topes, junto al cartel de Å, no muy lejos de donde debió perderse Iñaki. Tampoco sé por qué después del breve saludo de cortesía al pasar, me di la vuelta y me fui a hablar con él. Fueron unos minutos de conversación banal, de dónde vienes, adónde vas... En ese breve diálogo le da tiempo a contarme que es su decimoséptimo viaje a Noruega, una vez fue a Túnez y no le gustó así que desde entonces no arriesga. Va al mismo sitio que yo, al Cabo, y a Stamsund ese día, pero ninguno propone hacer el camino juntos así que sigo a lo mío, pensando en llegar pronto al albergue de Stamsund, antes de que la lluvia irrumpa. Una hora después de llegar, me lo vuelvo a encontrar ya en la habitación y la casualidad quiere que seamos vecinos de litera. Ese día lo paso casi todo con Sophie, pero observo con curiosidad a ese tipo de calva reluciente que no para de hacer fotos y que se ofrece a comprar huevos para todos en el desayuno. Está en su primer día de vacaciones y se le nota en su buen humor contagioso.
Al día siguiente, antes de salir hacia Svolvaer, me da la clave para escapar de las Lofoten y adelantar camino, coger el ferri a Tromso. Él me dice que va a hacer lo mismo, pero una vez más nos esquivamos y seguimos cada uno por nuestro lado. En Svolvaer, la capital de las Lofoten, llueve sin parar y tengo que esperar unas horas hasta coger el ferri. Por casualidad me vuelvo a encontrar con Sophie en la oficina de turismo, ella va hacia Suecia pero también tiene que coger un barco así que esperamos juntos. Al cabo de unas horas, se va a dar una vuelta y aparece con un nuevo hallazgo: Eiko. Decididamente, estamos condenados a estar juntos. Vamos a coger el mismo barco, un viaje que durará toda la noche. Es entonces cuando rompemos definitivamente el hielo tomando una cerveza en cubierta. Eiko, con su acentuada propensión a hacer el ganso, lo ilustra echando un chorro en la cubierta: "For a new friendship". Después, comemos la Trollfjord soup, un obsequio del barco por pasar por un fiordo y dormimos de forma clandestina tirados en la biblioteca. Era el inicio de un largo viaje juntos, hasta el fin del mundo. No reparé en ello hasta varios días después, pero viendo esa calva monda y lironda, esos ojos sonrientes y ese buen humor permanente, me di cuenta de la evidencia. En el mismo sitio en el que merodeé en busca de Iñaki me encontré con Eiko, sólo unas horas después. La conclusión es clara. El parecido es innegable.


jueves

"Underequipped cyclist"


No sé por qué pero me pareció que tenía cara de español. Estaba preparándose para cruzar uno de los túneles que unen las distintas islas Lofoten y empezamos a hablar. Se llama Martin y es inglés. Y también va al Cabo Norte. Cuando le digo que compartimos destino echa una ojeada a mis birriosas alforjas y dispara con su brutal sinceridad: "You want to go to Nordkap like this??? You are a very underequipped cyclist".

Eso me llegó al alma, y aunque intenté convencerle de que llevaba todo lo necesario, sabía que en el fondo tenía razón. Es normal que piense que estoy infrapreparado al ver que él arrastra un vagón de 40 kilos con todo tipo de equipamientos para cualquier contingencia. Le podría haber respondido que es un tipo overequiped, pero tampoco me apetecía discutir así que seguimos unos kilómetros juntos como si nada. Es entonces cuando me cuenta que viene dando pedales desde Chequia, de donde es originaria su familia. Un año antes cruzó los Pirineos en bici y se acuerda de Jaizkibel y de la noche que pasó en un camping de Fuenterrabía. Es un tío bastante extravagante, que ametralla con un discurso algo desordenado del que siempre se desprende una seguridad pasmosa, como si sólo lo que él hace fuera lo correcto.

Su viaje es un ejemplo de austeridad, sólo para en campings una vez por semana, el resto hace acampada libre, él solo, disfrutando de la libertad de la bici. En cuanto a la alimentación, no es ningún ejemplo de nada: cuando me lo encuentro lleva un cargamento de plátanos, unos 3 kilos, porque estaban de oferta en el super. Sólo come eso hasta que se acaben.También sorprende su despliegue físico porque arrastra los 40 kilos de su vagón durante una media de 150 kilómetros diarios, hasta la medianoche para aprovechar que el sol nunca se pone. Me deja probar su vehículo unos segundos y compruebo que yo llevo un peso pluma, apenas puedo mover esa mole. Nos despedimosporque yo me paro en Stamsund y él piensa seguir hasta Svolvaer, mi siguiente etapa. Me insiste para que le acompañe, para que sigamos juntos hasta el Cabo Norte, y me tienta, porque su compañía es agradable a a la par que estrambótica, pero Sophie ya me ha reservado cama en Stamsund y me siento obligado a ir. Cada uno siguió su camino, aunque nos volveríamos a ver. Pero eso entonces no lo sabíamos.

miércoles

¿Por qué esperar?



En las Lofoten perdí a Iñaki pero encontré a varios de los mayores protagonistas del viaje. La primera es Sophie. A Sophie, una parisina que todavía no había cumplido 18 años, la conocí fugazmente en el albergue de Bergen, donde apenas cruzamos una palabra. Sin embargo, nos hace ilusión reencontrarnos a tantos kilómetros de distancia, en Å, por pura casualidad. Así que paso algunos ratos con ella, intentando aprender de su manera a la vez inocente y desencantada de ver el mundo. Ha viajado sola a Noruega, con un par, simplemente porque es su sueño desde hace cinco años (un mundo para ella) y le parece que ya ha esperado demasiado. Me refresca escuchar sus historias de niña que se cree grande, de su "hermana", su mejor amiga de siempre, con la que ya no se lleva tan bien porque la gente cambia. Combina esa inocencia con la madurez que le da haber tenido a su madre en coma hace dos años y no ver a su padre desde hace diez. La madurez de una chica alocada y valiente que ya se ha independizado y ha trabajado en una cantera simplemente porque le apetecía. Me desconcierta, a veces parece que tiene 25 años y otras veces se comporta como la niña que sigue siendo. Se guía por impulsos, a golpe de sueño por cumplir, como el anterior que ya hizo realidad, el de recorrer Irlanda a caballo.

Al día siguiente, cuando llego al encantador albergue de Stamsund después de volver a la bici, me recibe (ella fue en autobús) con un espontáneo té con galletas que me termina de ganar. Esa noche nos fuimos a recoger arándanos (ver foto) por el monte mientras me seguía hablando con inocente desencanto de su vida en París, como si llevara años instalada en el mundo adulto, y de los sueños que piensa seguir cumpliendo sin esperar un segundo de más, sin pararse a pensar si debería o no hacerlo. Con libertad absoluta.