


Los aficionados ciclistas saben que a la Paris-Roubaix, la clásica que desde hace más de cien años maltrata a los corredores durante más de 250 kilómetros por caminos de pavés, a menudo bajo la lluvia y el frío de la primavera de esa zona, recibe el apodo del infierno del norte. En una región mucho más septentrional, yo viví mi peculiar infierno, paradójicamente del sur, que concluye con la etapa más larga y más dura que he hecho nunca. Sin embargo, ahora, con el tiempo, tengo un buen recuerdo de aquellos 117 kilómetros subiendo y bajando colinas, calado pese a ir embozado hasta arriba con toda la vestimenta que llevaba preparada para el frío y la lluvia. Incluso me cae bien aquella ciclista noruega que me dijo que estaba a dos horitas de Bergen cuando finalmente todavía tuve que emplear más del doble de tiempo. Por el camino paré en la magnífica cascada de Nortehisund (ver foto abajo) y en los tiempos de tregua meteorológica pude admirar paisajes tan bucólicos como los de las imágenes en las que no aparezco. Pero de lo que mejor recuerdo guardo es de esa entrada en Bergen bajo el chaparrón, sin un alojamiento asegurado y buscando albergue por las calles de la ciudad, calado hasta los huesos. Y de la ducha caliente en el hotel, de mi garganta quemada por el revitalizante vodka que me ofrecieron mis compañeros de habitación polacos casi sin darme tiempo a instalarme y de la fiesta waffles del albergue, que me ahorró una cena y me permitió proseguir con mi recuperación a base de alcohol y dulces. Sí, valió la pena todo eso sólo por el placer de llegar, de mirar atrás con satisfacción. El recorrido del sur, la primera parte de este viaje quizá irrepetible, llegaba a su fin.
